Detrás de cualquier marca siempre hay una historia. Durante todos estos años me he resistido a contarla excepto a las personas que entraban en la tienda. Ahora he decidido hacerla pública, básicamente, para poder dejar de contarla en privado.

Me llamo Concha García y no me gusta que me encasillen. Soy científica y empresaria. Soy feminista y femenina. Soy respetuosa e insolente. Soy cortesana y revolucionaria. Pragmática e idealista. Lo dicho, no me gusta que me encasillen.

Quizás lo que más llama la atención es la primera contradicción. Estamos acostumbrados a pensar que las científicas somos seres puros, idealistas, poco interesados en la actividad empresarial. En mi caso tenía claro que no me iba a quedar toda la vida investigando cómo entraban los virus en las células, que aunque era muy interesante me impedía hablar de otros temas cuando me iba de fiesta. Además, cuando leía las revistas científicas siempre me fijaba en los anuncios (aunque parezca increíble, algunos son realmente buenos) por lo que yo veía que mi vocación se acababa en cuanto pudiese poner el Dra. delante del primer apellido. Así fue, y en diciembre de 2015 después de leer la tesis doctoral hice un MBA en el IE Business School y tras pasar por un par de pequeñas empresas me ficharon en la delegación de una multinacional biotecnológica.

Cuando eres pequeña y te imaginas cómo quieres ser de mayor yo siempre me imaginaba o con una bata blanca a lo Marie Curie (de las pocas referencias científicas que tenía) o con un traje chaqueta en un aeropuerto. Y se cumplieron exactamente esas imágenes, así que puedo decir que cumplí los sueños de la niña que fui. Peeeeero… esa niña no se podía imaginar que eso no era compatible con ser mamá.

Las mujeres nos hemos incorporado al mercado laboral, pero el mercado laboral no nos ha hecho ni caso. En la multinacional en la que trabajé durante quince años el techo no era de cristal sino de hormigón armado. Parece que la falda tubo y los tacones nos dan desventaja cuando caminas al lado de pantalones y zapato plano. Ellos siempre van más rápido. Ahí me convertí en feminista. El día en que las mamás del colé descubrieron que yo era la madre de mi hijo y no la cuidadora, mi hijo ya iba en segundo de Infantil. En ese momento algo hizo clic en mi cerebro y pasé del respeto al sistema establecido a convertirme en insolente. Para colmo, ni siquiera era feliz y supuestamente debía serlo. Pero el estrés y el sentimiento de culpa no me dejaban.

Nunca me ha asustado el trabajo ni las batallas imposibles, pero a lo que he tenido miedo toda mi vida es a perder la ilusión. Así que decidí ser cabeza de ratón en vez de cola de león. Crear una marca, empezar en una pequeña tienda como las que veía en mis viajes de trabajo a París, vender un producto con el orgullo de hecho en España como veía en Italia.

El nombre lo vi claro a la primera. La agencia creativa me enseñó 5 opciones y esta era la tercera. No quise ver las otras dos. Me gustaba el doble significado, por un lado poner Un pie en Versailles puede significar pertenecer al mundo de la corte, con sus fiestas, vestidos, joyas, glamour, tendencias… y la película de Sofía Coppola realmente me había impresionado. No solo por su maravillosa estética sino también porque se atrevió a insinuar que la falta de comida en París se había debido al derroche de dinero en la guerra y no por los gastos de María Antonieta (ya sabemos que la Historia la escriben los hombres). Y por otra parte, también significa el grito de la marcha de las mujeres del pueblo que reclamaban justicia, igualdad y pan para sus hijos en la Revolución Francesa. Era perfecto.

Mi última contradicción tiene que ver con el futuro. Soy consciente de que actualmente hay que usar pieles, las mejores y las más suaves en mi caso, para hacer zapatos. Pero también que somos meros invitados en este mundo y al igual que no estropeas la casa de la amiga que te ha invitado a pasar el finde, tampoco puedes usar el planeta como si fueras el único ser humano que va a pasar por aquí. La niña que fui sueña ahora con hacer pieles en el laboratorio para el sector del calzado, pieles que puedan ser funcionales y cuiden los pies como si les echases cremita todos los días.

Parece que debajo de la bata blanca estaba el traje chaqueta. Todo encaja por fin. Las niñas tienen que ir a la ciencia, a la empresa, pero nunca, nunca al salón.